sábado, 26 de agosto de 2017

Hay gente que no cambia

Hace no mucho llegó a mi la triste noticia de que no siempre que dedicamos el cuerpo a que otro crezca y resigne un pedacito de si por amor eso sucede. Tal vez por la escritura de mi vida (lo que tenemos hasta acá escrito entre los que surcaron mi vida y yo) creo que hay efectos cuando uno dispone de su presencia en la vida de otro con un amor inédito. Y, ¿qué amor no es inédito cuando uno ama a cada uno, cada vez, de manera única e irrepetible?
Sin embargo, frente a la sorpresa de esa diferencia radical que uno puede escribir en la vida de otro hay quienes resisten a ser marcados mediante escamoteos patéticos. Amantes de la cascara vacía que han sabido ocupar, habitar y acrecentar, cualquiera que los invite a un breve paseo donde ella se quiebre recibiran una negativa. Sin embargo, no es la negativa la que indigna. Mas bien es la necesidad de degradar esa invitación, de burlar sanguinariamente la posibilidad de que haya otra cosa que valga la pena amar mas que las insignias que pesan sobre ellos. La opacidad de estos seres es extrema, la transparencia de los afectos los fragmenta, los recluye a guarecerse en sus frivolos espejos y en el peor de los casos a aniquilar al otro en donde encuentran una expresion sincera de 'lo otro' que vive en ellos y ocultan con recelo.

No soy quien para soportar que veas pasar la existencia, no soy quien para quedarme viendote esconder lo mas humano que te atraviesa mientras el tiempo que compartimos pasa para mi (sufriendo cada segundo en el que no llego a vos) y para vos (que cancelas ficcionalmente el avance maquinico que nos acerca a la nada mientras ignoras mi presencia viendo la pelicula repetida de los afectos pasados en mi rostro) por igual (como a cualquier mortal). Deberé aprender que hay gente que solo puede cambiar... de trabajo.

sábado, 4 de marzo de 2017

Mejillas

Hoy, por ejemplo, no se si me dan ganas de comer. Es raro porque la glotoneria suele ser mi distintivo. Me gustan los dulces, pero hoy no puedo cenar ni un simple pedazo de pan con agua.
Hoy me dió calor, como cuando mi papá me retaba por una macana de chiquito. Me acuerdo que cuando el apretaba el trapo yo me hacia pis en el acto. Me acuerdo el ardor de las mejillas. Me acuerdo el dolor de las clavículas. Hoy me dió ese calor, de no saber bien por qué pero haber generado algo que no podré jamas controlar con mis manos.
Hoy dudé algunas veces antes de escribir. Me siento tonto, algo pesado. Te escribí igual. Al parecer estabas ocupado porque bolilla no me diste. Me descontrola que me ignores, me brota no saber cómo hacer que me quieras y controlar ese querer. ¿Será que a amar se aprende entre calores y mejillas ardiendo?

viernes, 3 de marzo de 2017

Era un día de bastante calor, cercano al final del verano. Era fin de semana, en esa vertiente rara que tenía Tute de vivir: laburando. El calor le gusta, siempre, pero es cierto que el cansancio y el sudor molestan a cualquiera. Decidió prender la ducha tras tomar un vaso de cerveza helada que hacia comprado antes de irse de viaje para tenerla a su retorno. Llamada mediante, comienza a vestirse de galas nocturnas para compartir una copa en terreno completamente desconocido. Sus alpargatas siempre le dan un aire aniñado del que suele abusar con cierto descaro. Su camisa esa noche hacia juego con absolutamente todo.
No podré nunca decir si fue mi barba canosa, mis ojos claros o el vino, pero sí que algo de todo eso lo convocó a volver una y mil veces a mi cama. Venía de a ratos, en escapadas, siempre corriendo de un dia al siguiente, siempre movilizado por algún decir. Fue prolongado y fugaz, ambas a la vez, tal como él. Era dulce verlo llegar, arrojar todo y descansar en mis besos. Me enamoré de que eligiera mi morada para habitar, para calmarse, para llorar. Me conmovió que encontrara otro tempo tocando sus instrumentos con mis partituras.
Y si, me dolió verlo partir a cantar sobre otro pecho, pero lo entendí. Ruego alguna vez volver a escucharlo reir de mis tonteras, y que me enseñe cosas complejas que sólo el y su alma de filósofo entienden. Deseo que un dia llegue otra vez por esa puerta a romper mi inercia con su palpitar acelerado y su forma de ser jugada. Espero, casi todas las tardes de calor intenso y molesto, que un llamado mío lo haga vestirse de noche y acudir a mi encuentro.

domingo, 5 de febrero de 2017

No puedo evitar sentir, una vez cada tanto, ese vacío amargo en la garganta. Y bueno, no tengo tanta chance de olvidarme y pasar a otro tema. Me atraganta la ausencia de todo lo que haciamos. Extraño hasta la alergia que me reventaba. Eso y probar morrones crudos. Y qué me importa si lees. Qué me importa si igual nunca lees. O si lees te haces el sota, te escurris, no te haces cargo pero aca estaré siempre para recordarte que este dolor lo dejó tu amor y tu cobardia, mezclados con mis demandas y mis eternos esperarte que duraban demas... que duran demás, si, porque aún te espero en ese sueño tonto que me inventé donde me amas y dormimos abrazados porque te gusta mi calor por las noches. Nunca dormi mejor que entre tus brazos... ni siquiera en la cama del otro hombre más importante de mi vida.

domingo, 18 de diciembre de 2016

El pibe de las Vans Bordó

Lo empecé a reconocer en el vagón todos los jueves por sus zapatillas. Me sorprendia lo prolijas que estaban, pero él en general: su morral, su rostro, la forma en que su incipiente bronceado armonizaba con el color de su remera. Me daba miedo mirarlo por demasiado tiempo pero estaba atrapado en su arquitectura.

Siempre lo perdía en la Biblioteca Nacional. En el camino ahí desde la boca de subte pareciamos dos tontos jugando a pasarnos, acelerando el paso y esquivando transeuntes.

Siempre fui cachibache. Mis zapatillas lejos estaban de llamar la atención de nadie, usaba una joggineta los jueves para estar cómodo en el trabajo y mis remeras eran básicas o ridículas, jamas un punto medio.

Lo imaginaba escuchando rock clásico o algo instrumental pero me daba verguenza escuchar cumbia como suelo hacer en la calle asi que siempre ponia otra cosa cuando estabamos juntos.

Fue un mito... mi cuento de los jueves antes de entrar a trabajar. Nos repetimos una vez por semana. Rompo el hielo mirandole las Vans bordó mientras él juega a ignorarme y cambia de canción. Lo miro sólo si no me mira, intento provocarlo y no me sale. Soy torpe, tal vez miedoso, idealista.

Estos fundamentalismos chotos de la corporación julivudense te arruinan los lentes de la perspectiva en el romance. El grueso de nuestra relación, secreta para el, es nuestra carrera en caminata y; nuestra separacion es estupidamente la misma cada vez y sin razón algún. Así, sucesivamente, me pregunto cada jueves cómo puede uno extrañar a los extraños.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Podria pedirte perdón, pero me late el orgullo en las venitas de la muñeca. Te juro que pienso que es inútil, que coincido con vos, que me gustaria ser otro. Pero bueno, me toca ser este, con estos bailes, con estas tendencias destructivas, con estas caras de orto. Me encantaría poder aceptar sencillamente que invites la cena, que lo hagamos en el balcón y obviar la molestia cuando haces chistes tontos. Me gustaria vivir mas relajado pero no se como se hace. Se que con el tiempo las cascaras se me caen, también se que vos no estas para esperas, aunque aplaces las concreciones. Se que se quiebra en mil pedazos un papel frente a poner en palabras lo que yo hubiera querido en esas noches que dormimos abrazados, se que me angustia y se que no queres eso. Me resulta insoportable saber que no soy lo que queres, te soy sincero.

martes, 20 de septiembre de 2016

Informe EC o una vida arrasada en simples crueldades

"Ah, ¿pero no sabias? ¡Se murió!" Cae un teléfono en la fantasía, realizando la escena perfecta de alguna película jolivudense. En la escena de verdad alguien se aferra al teléfono para no caer desplomado al piso. Qué raro resulta a veces aferrarse a cosas de las que en realidad uno mismo es soporte.

Vuelven fotos. Estamos en su casa, él grita que no quiere irse pero encuentra en mis ojos la limitación que lo ancla a una debacle. Fui espejo de la desgracia mas grande de su vida, presencia que convalidó que la decisión no era suya ni tampoco la mejor. Y allí se embarcó entonces en oponerse con todo lo que le quedaba de existencia a esos mandatos de los militantes del bien. Puso su cuerpo como apuesta en la ruleta y nunca fue un tipo con suerte.

Ni un bastón le pudieron dar. Porque ellos, los burócratas, solo entienden de papeles, de cosas vanas, de prácticas adultas y sellos, de sobres de colores, de formularios y mas formularios. Ellos no se conmueven cuando aparece la necesidad en un cuerpo que les tiembla enfrente, que no goza del equilibrio que supo tener, que no soporta en pie la espera que supone ese numerito verde, sus líneas amarillas del piso ni sus 30 a 90 dias hábiles. Los burocratas nos tienen presos de su propia esclavitud.

No lo supieron cuidar con su cuerpo de abuelito. Y es que un abuelo no necesita geriátricos nada más, sino nietos (o gente de buena madera que oficie de tal) a quién contar sus historias y muchisimo respeto. Él necesitaba la sorpresa que le regalabamos tras de cada relato. Él necesitaba un poco de amor del bueno y alguien que escuchara. Nos llenó de magia, pero el totalitarismo berreta de las instituciones asilares lo apagaron.

Al verme se arrima con los brazos extendidos, nos abrazamos y dice: '¡eh flaquito! ¿me extrañaste?'. Salimos a tomarnos el tren porque a Fulanita le dió pereza cambiarlo de banco y tenía que cobrar a hora y media del agujero donde lo depositó Menganito (hermano de Fulanita en el discurso del 'marchen'). Lo apuraron tanto que no se abrigó bien, pero no importa porque mi garganta no necesitaba mi bufanda. Por tantas pelotudeses me quedo afónico...

Qué sorpresa esa mirada cuando me agradecía un chocolate que le regalé. Y es que, claro, ¿cómo no te emociona el chocolate, pibe? A mi me gustaba mirarlo mirar el paisaje mientras me preguntaba en qué pensaría tras cada estación. Por momentos veia alli retazos de recuerdos de otro viejo importante de mi vida.

Su mayor aspiración era ir a un bazar gigante y a los locales baratos de algunas zonas donde todo abunda para invertir unos mangos. El era sencillo, noble, solidario... un tipazo. Jugaba con los nenes en los transportes públicos, haciendoles morisquetas que me hacian reir hasta a mi. Pero esas cosas no entran en los papeles, no te las certifica nadie, mueren sin encarpetarse en el fichero de alguna Sultanita... y menos mal.

Casi no te miraba cuando perdía estabilidad. Agradecía en silencio que le tendieras la mano y no dijeras nada. Sostener, solo sostener. La ultima vez me dijo 'gracias por los servicios prestados' en chiste, mientras me devolvía mi campera y me abrazaba, al parecer muy lento para la enfermera que quería cerrar la puerta.

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'¡Eh flaquito! ¿me extranaste?'. Te lo prometo Enrique.